Ese día, ella hizo diferentes cosas que no estaban en su rutina diaria. Se levanto pasada las once del día, no encendió la televisión para sus programas favoritos y no tomo aquel té matutino de siempre. Sintió nuevamente aquel vacío en su pecho cuando hizo su cama, y volver a pasearse nuevamente por el pasillo hasta el living, le hizo recordar esa soledad que despertaba cada día desde hace años. Contemplo el sillón vacío desde la mesa del comedor varios minutos, hasta que un sonido sordo y agudo le hizo volver a caer en sus pies. Miro vacilante para los lados, como si realmente se lo estuviera imaginando, pero aquel sonido sordo y agudo del timbre volvió a carraspear sus orejas de tal manera que, alterada y con el corazón latiéndole rápidamente sin saber si era de miedo o excitación de saber que alguien la iba a visitar, camino despacio hasta la puerta de entrada.
El sol le choco de lleno en sus ojos, haciendo que quedara ciega por unos cuantos segundos. El olor a césped mojado, el calor y la minima brisa que corría en el aire hizo detestar su salida al antejardín. Miro en la reja al pequeño niño, de un aspecto inerte, mirándola fijamente, con ojos grandes y profundos, que parecían dos posos negros sin fondo, como si realmente al verlos, uno podía caer tan bajo y no salir de aquel lugar oscuro nunca más.
-¿Qué necesitas?
Le preguntó con una leve sonrisa. Miro su ropa, una polera pequeña y blanca cubría su torso y unos pequeños pantalones le hacían notar que era muy delgado para su edad. Aquel pelo desordenado y corto, con un brillo opaco le hizo entender que talvez ni siquiera tenía hogar.
Él miro al lado y ella encamino su mirada a la pelota que reposaba junto a sus flores rojas. Camino con cuidado hasta ella y en un difícil movimiento para tomar la pelota, descubrió que ya tenía aquella pelota mojada entre sus manos arrugadas. Abrió la reja y se la pasó con cuidado y delicadez.
-Gracias, señora.
Le respondió con voz seca aquel pequeño niño.
-De nada, querido.
Dijo ella, mientras se daba vuelta y cerraba nuevamente la reja. Cuando llego al umbral de su puerta, miro que aquel niño seguía mirándola con su pelota en la mano, con esos ojos profundos y negros como dos posos interminables, por lo cual cerro la puerta aterrada, sintiendo como el miedo le escalaba por el cuerpo.
Cuando el timbre volvió a sonar en esa semana, fue nuevamente aquel niño quien estaba detrás de esas rejas. Sus ojos estaban más abiertos de lo común y pareciera que nuevamente el mismo problema le había sucedido: su pelota.
-Lo siento...
Murmuró cuando le señalo la pelota que estaba al lado de su casa. Abrió la reja con cuidado y se acerco a la señora sin ningún miedo, iba con la misma ropa del otro día, pero esta vez, parecía más sucia.
-¿Vives por aquí cerca?
Le pregunta con cuidado, pasándole la pelota.
-Algo así…
Dice el niño.
Esa noche, una sombra oscura e intrépida le velo los sueños. Sus manos alteradas se movían entre las sabanas y su cuerpo parecía convulsionar, su cara estaba apretada formando terrible muecas y su frente sudaba al igual que su cuello. Su grito la despertó y con el corazón bombeando una cantidad de sangre demasiado alta, decidió quedarse despierta con el miedo dentro de su cuerpo.
Toma la taza entre las manos y el calor se le esparce por todo el cuerpo con rapidez. Uno que otro sorbo le hace calmarse y con el sudor ya seco en sus arrugas, trata de recordar lo pasado. Pero ni siquiera una pizca de memoria vino a su mente, sin embargo un escalofríos le retumbo la columna vertebral cuando unas risas se sintieron dentro de la casa. Sus ojos se abrieron completamente y aunque la taza estaba hirviendo, apretó sus manos contra ella del susto.
-La imaginación…
Se dijo para si misma, tratando de calmarse. Pero un crujido le hace saltar levemente. Camina, con el miedo en sus venas, al living, mirando a cada lado como si buscara algo o alguien. ¿Pero quien? ¿Es que realmente alguien vivía con ella? Era realmente raro, si… más que raro, estaba sobrenatural todo. Ella vivía sola…muy sola.
Un pequeño ruido le hace voltearse, una sombra se escurre por el pasillo encendido de luces por todos lados, la taza se le cae de la mano y ella cree alucinar, mientras su cuerpo tirita y los latidos de su corazón son como tambores.
-¿Hay alguien ahí?
Dice casi sin voz.
-¿Hay alguien ahí?
Vuelve a preguntar, caminando esta vez por el pasillo. Las manos le tiritan, la boca esta seca y tiene miedo de pestañear por si le pudiese ocurrir algo ¿Algún ladrón? No, era imposible…
Y un escalofrío le toca toda la espalda, haciendo que se encorvara levemente. No puede pensar, solo un sonido reina en ese ambiente y es su respiración exagerada junto con los latidos de su corazón. Y su sangre hierve, como si se fuera a evaporar, y se siente caliente… tiene realmente calor; entonces, ve esa puerta entre abierta frente a su recamara…
El estaba ahí, en el medio, con esos ojos grandes y profundos como los del otro día, con esa polera blanca y pantalones pequeños, con su pelo lleno de polvo y mirándola…mirándola fijamente. ¿Cómo había entrado? ¿Qué hacia ahí? ¿Por qué la miraba? ¿Quién…o que realmente era? Quiso hacerle tantas preguntas, pero ni siquiera la boca le respondió. Quiso correr, correr fuera de su casa y que ese niño se fuera, pero sus piernas estaban clavadas en el suelo.
-No volverás a estar jamás sola.
Le murmura el niño, acercándose a ella. Trata de darse vuelta pero la puerta se le cierra en la cara de un portazo, y su corazón comienza a entender que talvez sea su fin. Y sus manos tratan desesperadamente de abrir la cerradura, empujando con su cuerpo la puerta de madera que por primera vez, no cedía a su fuerza.
Entonces, el pestañeo se convirtió en una oscuridad absoluta, y tanteando la puerta, trato nuevamente de salir, y la desesperación recorrió todo su organismo, la boca seca no dejo emitir ningún grito y parecía que le faltaba aire a sus pulmones.
Sus oídos son llenados de esa risa, risa macabra…risa imperfecta y tenebrosa.
-Es un sueño.
Se dijo a ella misma, tratando de convencerse…Pero, realmente, no era ningún sueño.
La luz cegó sus ojos cuando chocaron con sus parpados. Los policías entraron a esa pieza a oscuras, mientras que ella en un rincón, seguía diciéndose que era un sueño. Había pasado una semana, una semana que parecía una eternidad en el infierno.
-Por dios, ¿Esta bien?
Le pregunta el primer policía con voz ronca.
-Dig…dígale que se vaya, que se aleje de mí.
Dice casi sin mover su cuerpo ni sus labios. Pero en esa habitación solo estaba ella y los dos policías
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